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HACIA EL TEMPLO    

HACIA EL TEMPLO

DE ANNIE BESANT

 

En las anteriores conferencias hemos conside­rado las etapas en que simultáneamente va el aspirante purificándose, dominando su pensamiento y construyendo, o mejor dicho, ci­mentando su carácter. El que así haya entrado en el Recinto Externo y advierta la grandiosa tarea que ha de llevar a cabo, no hará uno tras otro sino a un tiempo mismo los esfuerzos de adelanto correspondientes a las tres etapas ya consideradas, con objeto de sojuzgar toda su naturaleza y encaminarla al logro de su ideal. Pero como la mayor claridad de nuestro estu­dio requiere que examinemos sucesivamente los diversos aspectos del perfeccionamiento indivi­dual, supongamos que el candidato emprende ahora otra modalidad de su grandiosa labor, a la que llamo Alquimia espiritual para significar un proceso de mudanza o transmutación semejante al del alquimista que intentaba transmutar los metales viles en nobles, el cobre en oro. Desde luego que toda persona de buen sentido y religio­sos sentimientos seguirá rutinariamente y a estilo profano este proceso de espiritual alquimia; pero el candidato lo sigue deliberada y consciente­mente, de modo que sabe cuál es el método y el fin, y en consecuencia se empeña con resuelta voluntad en el logro de su propósito. A mi entender podemos considerar este pro­ceso de alquimia espiritual como una transmuta­ción de fuerzas. Todo hombre posee vida, energía, vigor, voluntad y demás fuerzas con que actúa y de cuya energía se vale para alcanzar su objetivo. Por un procedimiento que bien puede compararse con la alquimia, transmuta el hombre de inferior en superior, de grosera en sutil, refinada y espiri­tual la calidad de estas fuerzas. No es que el hom­bre varíe el punto de aplicación de sus fuerzas ni tampoco se refiere a esto la alquimia espiritual, sino que más bien las transmuta y purifica sin alterar su esencial naturaleza, como el alquimista lejos de contraerse a eliminar las escorias, purifi­caba la masa del metal y reduciéndolo a un estado más sutil y enrarecido lo transmutaba en noble y sublime metal. Así, pues, el alquimista espiritual empieza por reconocer la utilidad y necesidad de las fuerzas de su individual naturaleza, y delibe­radamente las muda, purifica y refina por el procedimiento que vamos a examinar. Pero si bien la transmutación de fuerzas es la esencia de la alquimia espiritual, tiene ésta un aspecto secundario que no debemos olvidar. Las almas están ligadas por el deseo a la vida terrena, a la rueda de nacimientos y muertes. En esta rueda las retiene la ignorancia, y las aprisionan sus ansias de goces materiales, de goces egoístas y exclusivamente personales. Sus incesantes ac­ciones, buenas o malas, beneficiosas o perjudi­ciales, ligan al Alma, pues toda acción humana deriva del deseo, que es el lazo y el grillete de sujeción. Mientras el hombre permanezca en el mundo ha de actuar de un modo u otro, pues de lo contrario no podría haber manifestación; y a medida que es más noble, sabio y fuerte, su actua­ción es un factor cada vez más importante en el progreso del mundo, de suerte que si los mejores se abstuvieran de la acción, irremediablemente se demoraría el progreso y se retardaría la evolución de la humanidad. Por lo tanto ¿ cómo será posible que el Alma actúe sin quedar ligada por la acción? He aquí un caso de alquimia espiritual por el que los hom­bres superiores pueden ser los más activos en el servicio de la humanidad, y sin embargo no que­dan sujetos por sus acciones, porque el servicio perfecto es perfecta libertad. Así pues, la frase alquimia espiritual como medio de conseguir esta libertad, alude a la fun­damental Ley de Sacrificio que radica en todo lo perteneciente al universo manifestado y está en perpetua actuación con tan variadas formas que no es fácil descubrir su analogía y tan compli­cadas que arriesgan inducir a error, sobre todo al explicarla, pues sus múltiples aspectos se ofrecen con mucha diversidad a la mente de los hombres. Según se la mire desde lo inferior o desde lo superior presenta la Ley de Sacrificio un doble aspecto, y sin embargo compenetra el universo entero y le está sujeto todo átomo, de suerte que en su más amplio concepto expresa la manifesta­ción de la Vida divina. Al explicar esta Ley cabe incurrir en multitud de errores, ya por insuficien­cia de expresión por parte de quien la explique, ya por falta de comprensión por parte de los oyentes a causa de la imperfecta definición del pensa­miento. De aquí el riesgo de tomar la Ley de Sa­crificio en un sentido unilateral, según la idea dominante a la sazón en la mente, ya sea bajo el aspecto material en que desde fuera miremos ha­cia dentro, o bien bajo el aspecto espiritual en que desde dentro miremos hacia fuera. Al tratar de la Ley de Sacrificio no hay pala­bras lo bastante precisas para la expresión del pensamiento ni podemos comprenderlo del todo quienes como nosotros estamos tan poco evolu­cionados; y en consecuencia es muy difícil tanto para quien habla como para quien escucha evitar equivocadas interpretaciones o inclinarse más a un lado que a otro perdiendo así el equilibrio en que únicamente cabe la perfecta expresión de la verdad. Consideremos primero la Ley de Sacrificio en su aspecto inferior en todos los mundos, que no debemos menospreciar porque nos ofrece muchas lecciones. Examinémosla tal como está impresa en el Kosmos y manifestada en la Naturaleza, operante en los mundos físico, astral, mental y todos los demás, de suerte que en cierto grado relaciona entre sí a todos los seres vivientes, no solo a los de la tierra sino a los de los mundos que nos rodean. Antes de pasar al aspecto supe­rior estudiemos el aspecto inferior de la Ley de Sacrificio, pues hallaremos también una utilísima enseñanza y una luminosísima sugestión que nos ayudarán a recorrer el Recinto Externo. Al considerar el sacrificio en los mundos infe­riores puede parecernos no sin fundamento, un régimen de servicios mutuos, un incesante giro de la rueda de la vida, en que cada ser viviente está obligado a dar y asimismo a recibir. Bajo su aspecto interior es el sacrificio este perpetuo vol­teo de la rueda de la vida de que todos los se­res participan consciente o inconscientemente, y cuanto más evolucionados más consciente debe ser su cooperación. Este aspecto del sacrificio está explicado con mayor claridad tal vez que en parte alguna en el Bhagavad Gita o sea El Canto del Señor, una Escritura índica que habla de la rueda de la vida y enlaza el sacrificio con la acción de un modo que conviene conocer. Dice el gran Instructor:  El mundo está ligado por la acción, menos por las que se cumplen con intento de sacrificio. Así ¡oh! hijo de Kunti ejecuta tus acciones con este intento, desembarazado de todo apego [1]. Después, mirando hacia el pasado a fin de com­pletar el ciclo del sacrificio por mutuo servicio, dice el Instructor: Cuando en remotos tiempos emanó la humanidad por el sacri­ficio, el Señor de emanación dijo: Por virtud del sacrificio multi­plicaos y que sea para vosotros el donador de deseos. Alimentad a los Dioses con el sacrificio y  podrán alimentaros los Dioses. Así, alimentándoos mutuamente alcanzaréis el supremo bien. Porque alimentados con el sacrificio os otorgarán los Dioses el logro de vuestro deseo. Verdaderamente ladrón es quien disfruta de las dádivas de los Dioses y no les ofrece algo de ellas... Del alimento se sustentan las criaturas; la lluvia es productora de alimento; del sacrificio mana la lluvia; y de la acción surge el sacrificio. Has de saber que de Brahma dimana la acción, y que Brahma procede del imperecedero Brahman. Por lo tanto Brah­man, el omnipenetrante, está siempre presente en el sacrificio. El que en la tierra no sigue el giro de la rueda y sumido en el pecado se regocija en la sensualidad, el tal ¡oh! hijo de Pritha, vive en vano [2]. Aquí vemos la rueda de la vida en que todas las religiones fundamentan el sacrificio, y cuanto más pura y noble sea la religión, más noble y puro será el concepto que tenga del sacrificio. Observad cuán acabadamente está expresada en esto la alquímica idea de transmutación, el ince­sante cambio de una cosa en otra. El alimento se transmuta en organismos vivos, pero no habría alimento si en él no se convirtiese la lluvia ni caería la lluvia sin el sacrificio ofrecido a los Dioses. Así es que los Dioses alimentan. En las antiguas religiones predomina por doquiera la idea de la rueda giratoria. El brahmán pone en el fuego su sacrificio porque para él es Agni o fuego la boca de los Dioses. En antiguos tiempos al quemar la ofrenda entonaban los brahmanes man­tras o himnos compuestos por quienes conocedo­res de lo que hacían empleaban en su composición palabras de poder sobre las fuerzas inferiores de la Naturaleza, que así dominadas por el sacri­ficio operaban en la tierra proporcionando ali­mento a los hombres. Aunque la acción era de por sí un símbolo, lo simbolizado era tan real como la fuerza dimanante de los purificados labios del instructor y del dotado de poderes. Servía este símbolo para enseñar a las gentes el significado de la rueda de la vida y darles a entender que en la acción está esencialmente el sacrificio y toda acción se ha de cumplir como un deber, porque es justa y no con otro intento, para ponerse por su medio en armonía con la ley y corresponder a la ley contribuyendo con su parte a la obra colectiva. Según estas enseñanzas, el sacrificio es el lazo de unión, el áureo hilo que engarza a todos los seres del universo manifestado; y como el fun­damento del sacrificio era la acción y la acción provenía del Dios manifestado y se manifestaba el mismo Dios, por esto se decía que Brahmán compenetraba todos los sacrificios y que toda acción debía ejecutarse como un deber de la vida y no con la apetencia de lucro personal y las egoístas miras con que más tarde se ofrecieron los sacrificios. El giro de la rueda y el cumpli­miento del deber por el deber mismo es la esencia de la alquimia que transmutando la acción en sacrificio quema los lazos del deseo  libera al sabio. Así consumida en el fuego de sabiduría, la acción pierde todo su poder de ligar al Alma que se convierte en cooperador de Dios en la Natura­leza, y cada acción ofrecida en el altar del deber es una fuerza que sin jamás atar al Alma mueve la rueda de la vida. Por lo tanto, este continuo intercambio, este servicio mutuo es una modalidad de la capital Ley de Sacrificio, y la índole del intercambio consiste en que cuando la acción se cumple como un deber, concurre a la armonía universal, estimula la evolución y ayuda al enaltecimiento de la hu­manidad. En el Recinto Externo la obra del aspirante consiste en ejercitarse en efectuar toda acción a modo de sacrificio y saber que así la efectúa sin pedir ni buscar nada, sin esperanza de premio ni anhelo de recompensa, cumpliéndola porque debe cumplirse y no por otra razón. Quien tal hace está en verdad llevando a cabo la obra de espiritual alquimia que purifica toda acción en el fuego de sabiduría; se armoniza con la divina voluntad en el universo manifestado y se convierte con ello en una fuerza auxiliadora de la evolución, en una energía impelente del progreso, y a la humanidad entera beneficia entonces una acción que de otra suerte sólo hubiera allegado fruto personal al sacrificador cuya Alma quedara ligada en cambio a la acción limitando sus posibilidades para el bien. Así opera la Ley de Sacrificio considerada en su aspecto inferior. Considerémosla ahora en su aspecto superior, en su más sublime concepto, y para evitar en lo posible cualquier equívoco, procuraré explicarme con sumo cuidado y abarcar plenamente el asunto, pues comprendo cuán fácil fuera inducir a error con una parcial exposición cuya responsabilidad me incumbiría. Examinemos detenidamente la esencia del sacrificio para ver lo que en realidad significa. A mi entender, y tened esto en cuenta ante todo, el sacrificio esencialmente considerado desde el punto de vista que todos debemos mirarlo más y más a medida que nos elevamos a la vida divina es donación o efusión, motivado por el deseo de dar, pues su esencia consiste en el anhelo de efundir algo propio que por ser tan valioso para quien lo posee desea efundirlo en beneficio y gozo de los demás. Así que, mirado el sacrificio desde el interior más bien que desde el exterior, es un acto de donación, una efusión de la natura­leza del donante con el propósito de infundir dicha en los demás, y por lo tanto es en su esencia go­zoso y no penoso, pues el don es lo capital en el acto de sacrificio. Prescindiendo por de pronto de los resultados del sacrificio, que consideraremos más adelante, y contrayéndonos al sacrificio en sí, veremos que es donación y que lo ofrece quien desea dar, quien anhela efundirse y compartir con los demás la felicidad de que goza de suerte que con él se identifiquen en el gozo. ¿Por qué así? preguntaréis acaso. Para responder os invito a penetrar en lo íntimo de la Manifestación. Me aventuré a decir en otro lugar que el supremo acto de sacrificio fue la voluntaria limitación de la Existencia única que al limitarse emanó bajo el aspecto de Energía el Logos manifestado. Consi­derando desde un solo punto de vista la actuación de esta Energía en el universo, no es extraño que haya movido a decir que es la agonía del Logos lo cual me parece una contradicción, porque el Logos es Brahman manifestado, y la naturaleza de Brahman es bienaventuranza, según afirman en frecuentes pasajes las Escrituras antiguas, que a su vez se fundan en mucho más antiguos conocimientos. Ninguna otra idea es posible si inten­tamos especular sobre lo existente más allá de la manifestación. La base fundamental de la anti­quísima religión aria fue que Brahman es biena­venturanza o felicidad. A medida que el hombre se acerca a Brahman, la última envoltura del Alma se llama la Envoltura de Felicidad. Si en el yoga raja de la India estudiáis los vehículos con que el Alma puede manifestarse en los mundos, hallaréis que a medida que se aparta de los inferiores y va desechando sus vehículos físico, astral y mental, se acerca gradualmente a Brahman, su esencia, hasta que su última envoltura es la tenue y sutilísima individualidad que apenas se diferencia del Uno y Único, y la cual es necesaria para acopiar la completa cosecha de experiencias adquiridas durante pretéritas edades. A esta sutilísima en­voltura la llamaban los arios Envoltura de Feli­cidad, como si quisieran recordar a cuantos luchan en el mundo entre la baraúnda de la ignorancia que el método del yoga o unión con la Divinidad se ha de proseguir etapa tras etapa hasta que el Alma envuelta en felicidad exclame: Brahman es Felicidad. Quien del todo abarque esta capital enseñanza comprenderá que en tan excelsa región no es posible ningún acto de sacrificio sin que sea un acto de gozo, de transfusión de felicidad, y aunque me exprese imperfectamente diré que la verdadera esencia de la idea de sacrificio es que del su­premo Brahman, idéntico a la Felicidad, surgió el universo, y de esta autolimitada Existencia pro­cedió el Logos idéntico a Brahaman en esencia. El objeto de la autolimitación de Brahman fue efundir la felicidad inherente a su naturaleza, de suerte que al finalizar el ciclo de existencia hu­biese muchas individualidades radiantes y gozo­sas que participaran de Su felicidad más y más a medida que a El se acercaran. La miseria solo está en la supuesta distancia a que parece se halla Brahman a causa de la ignorancia que envuelve al Alma. Por lo tanto, la idea esencial, por si gustáis aceptarla, es que la Ley de Sacrificio tiene por fundamento la divina y felicísima Entidad de cuyo supremo sacrificio emanó el universo con el pro­pósito de difundir gozosamente Su felicidad de modo que pudieran compartirla y gozarla muchísimas individualidades cuyo término final sea la inefable Paz. Comprendido esto, podremos obedecer a la Ley de Sacrificio y distinguir su dual aspecto. La dádiva es siempre gozosa en el donador; pero como la naturaleza inferior prefiere recibir que dar, cuando ha de dar sufre al desprenderse de lo que da. Examinando más detenidamente este gran mis­terio de la Ley de Sacrificio, esquivaremos algu­nas contradicciones y echaremos de ver más clara y vividamente que el dar es el supremo gozo porque es esencial a la naturaleza de Dios y que a medida que el hombre se aproxima a Dios iden­tificándose consigo mismo, se siente más feliz y experimenta mayor goce al dar, pues la felicidad aumenta en proporción del desarrollo de la naturaleza  superior y la pena sólo puede derivar del roce y lucha con la naturaleza inferior que no es ni más ni menos que el mismo Yo entorpecido por la ignorancia y ofuscado por la ilusión. Así es que según adelantemos en el conocimiento de este asunto veremos que el dolor sirve para librarnos de la ignorancia y de esta suerte progresar en nuestro desenvolvimiento y evolución. Constante­mente experimentamos en forma de dolores, tribulaciones y luchas en nuestra naturaleza inferior el proceso de eliminación de la ignorancia; pero según vaya desenvolviéndose el hombre interno con más activa conciencia y mayor dominio de su personalidad, irá comprendiendo que todos sus esfuerzos propenden a difundir gozo y paz en auxilio del contristado mundo. Entonces empa­pará, por decido así, de este convencimiento su naturaleza inferior, librándola gradualmente de la ignorancia para que desvanecida la ilusión vea la realidad de las cosas. Con razón podría preguntarse: ¿Cómo es que tan persistentemente se ha relacionado la idea del dolor con la del sacrificio? ¿Por qué se han iden­tificado ambas ideas de tal suerte que el sacrificio entraña necesariamente angustioso dolor en concepto vulgar? Parece que este error deriva de la naturaleza inferior o personalidad cuya actua­ción se encamina desde un principio a tomar, recibir y retener en su exclusivo provecho. La personalidad tiene por objeto adquirir experien­cias en el mundo físico cuando todavía el hombre verdadero está muy poco desarrollado y por lo tanto apenas puede influir en la personalidad que prevaleciente entonces se ceba en el mundo de sensación, husmeando aquí y allá cuanto le parece atractivo sin conocer la índole ni el resultado de las cosas, pues se guía tan sólo por las apariencias y no sabe qué oculta la engañosa superficie. Así es que desde un principio y durante largo tiempo las experiencias de la personalidad o naturaleza inferior consistirán en la constante apetencia de ilusorios deleites y el repetido reconocimiento de que no son tan satisfactorios como imaginara sino que más bien resulta de ellos dolor; y así ha de suceder porque según dijimos el dolor sirve para enseñarle al hombre la índole de la ley y convencerle de la vanidad de los placeres sensua­les que halagan a la personalidad. De esta suerte, tanto el placer como el dolor conducen al conoci­miento, pues al experimentar el Alma uno y otro de ambos aspectos de la naturaleza manifestada, adquiere algunas nociones de la subyacente rea­lidad de las cosas. El Alma acopia estas experien­cias, que pueden ser y frecuentemente son muy dolorosas, transmutándolas en conocimiento, que convertido a su vez en sabiduría le sirve entonces de norma de conducta y es para el hombre interno un manantial de puro e inalterable gozo. La cre­ciente sabiduría acrecienta asimismo la videncia, la serenidad y la fortaleza, de suerte que lo penoso para la personalidad no lo es para la indi­vidualidad que gozosa lo recibe porque le proporciona experiencia. Cuando de algún placer ansiosamente apetecido resulta disgusto y tedio después de disfrutado, el hombre interno, o sea el ego, transmuta esta experiencia en Sabiduría, y así vemos que aun el dolor tiene su aspecto placentero, porque el ego prescinde en su experien­cia del pasajero dolor de la personalidad y sólo atiende al conocimiento que le allega la experien­cia. Convencido de que todas estas experiencias favorecen su adelanto en conocimiento y poderío, las escoge con deliberado gozo al prever el término de la obra en que el oro salga puro y fino del crisol. Pero si consideramos al hombre cegado en el mundo inferior por la ignorancia y aprendiendo las severas y dolorosas lecciones que la ley le en­seña; si lo vemos apeteciendo de continuo el pla­cer sensual sin cuidarse de los perjuicios y sufri­mientos que acarrea al prójimo con tal de satisfa­cer su gusto, entonces tendremos que en cuanto fracasen sus ansias concupiscentes experimentará agudo dolor, profundo desengaño y un intenso sentimiento de fatiga y disgusto. Desde este punto de vista, la experiencia es verdaderamente penosa; pero considerada bajo su aspecto superior bien vale la pena de pasar por ella a cambio de la sa­biduría, de la más clara visión de la naturaleza y del mayor conocimiento de la ley que consigo en­traña. Sin embargo, todavía hay algo más en esta cuestión. La personalidad y la individualidad, lo inferior y lo superior están en perpetuo conflicto. La individualidad quiere realizar determinada obra y ha de tomar para ello a la personalidad por instrumento; pero la personalidad no compren­de el propósito ni echa de ver el objetivo de la individualidad, y como este propósito y objetivo no pueden lograrse sin el concurso de la persona­lidad, de aquí la lucha que con ésta ha de mante­ner la individualidad, espoleándola unas veces a seguir adelante y refrenándola otras veces, resul­tando de todo ello que la personalidad, todavía envuelta en la ignorancia, se apena al verse forzada a entregar lo que ansía retener. Pero poco a poco, según va cobrando predominio la indivi­dualidad, acaba la personalidad por darse cuenta de que conviene llevar a cabo la obra propuesta por la individualidad, aunque le sea doloroso ha­cerla, pues el bien que ha de allegarle compen­sará de sobra el sufrimiento que le cueste, aparte de que al vencer las dificultades con su esfuerzo, por penoso que sea, aumentará su fortaleza hasta el punto de que el gozo del vencimiento desvanezca el transitorio dolor del esfuerzo. Según vaya evolucionando la individualidad influirá con mayor eficacia en la personalidad, determinando el progreso de la mente en términos que, al acometer con deliberado intento una em­presa difícil, pero altamente anhelable, no vacilará en sacrificar en el fuego del conocimiento los ba­jos deseos cuya eliminación sea indispensable para llevarla a feliz término. Entonces advierte que al consumir sus apetitos consume también las limi­taciones que lo mantenían en inferioridad y la fla­queza que lo rezagaba, y que el fuego del sufri­miento, al parecer tan penoso en un principio, destruye las cadenas que lo aprisionaban. Así disfruta gozoso de la libertad conquistada cuyas ventajas reconoce de más en más a medida que se repiten las experiencias, y de paso no siente tanto el sufrimiento a cuya costa adquiere la libertad. Desde este interno punto de vista vemos que también el sufrimiento se transmuta en gozo por virtud de la divina alquimia, pues la efusión de la individualidad tiene por objeto hacer partícipe a la personalidad de su gozo, de modo que de más en mayor sienta su perpetua y siempre creciente beatitud. Cuando el Alma comprende bien este proceso y se acerca a la puerta del Templo, echa de ver que todo consiste en libertarse de las limi­taciones causantes del sufrimiento, que le impiden realizar la unión con el prójimo y con Dios. Cuan­do comprendido este proceso se efunde la natura­leza divina, idéntica en esencia al verdadero hom­bre, notará que la eliminación de las limitaciones le proporciona divinos goces, y que el dolor dima­na del sentimiento de separatividad arraigado en la ignorancia, y que cesa al punto el dolor al desvanecerse la ignorancia. Además, cuando el hombre se convenza de que sus limitaciones son ilusorias, aparentes, irreales, sin eficacia alguna en el mundo peculiar del ego, se apresurará a trans­mutar deliberadamente las facultades de la na­turaleza inferior, refinándolas por medio del al­químico procedimiento a que me referí en un principio. Examinemos algún caso como ejemplo de este procedimiento. En primer lugar veamos una de las mayores causas de dolor en el mundo físico, cual es la apetencia de placer personal sin consideración a los deseos y sentimientos del prójimo, y con el manifiesto propósito de disfrutarlos sólo para sí en un circuito egoístamente separado por una valla del resto del mundo. Ahora bien; ¿cómo debe conducirse el Alma respecto de esta instintiva apetencia de placer egoísta? ¿Hay en esta apetencia algo que el fuego pueda transmutar? Este instinto concupiscente que siempre acaba en sufrimiento, puede transmu­tarse en la facultad de difundir el gozo de suerte que todos participen de lo que uno logró. El Alma comprende la posibilidad de esta transmutación eliminando gradualmente de su apetencia el ele­mento de separatividad y procurando despren­derse del exclusivismo personal. Para ello ha de derribar la tapia de ignorancia que la cerca en los mundos inferiores de su manifestación y des­truir la mezquina valla que la separa de las demás Almas, de suerte que al experimentar algún placer lo difunda entre todos sus hermanos y los haga partícipes de su propia dicha. Pero también hallará gozo en la obediencia, porque en un mundo regido por la ley, la armonía con esta ley no puede por menos de engendrar paz y dicha, así como la discordia es prueba de la oposición a la ley. Cuando la evolucionante Alma adquiera alguna facultad, poder, conoci­miento o verdad espiritual, habrá de tener en cuenta que el gozo de poseer consiste realmente en dar, no en recibir, y para ello le es preciso derri­bar cuantas vallas levantó en torno de sí en los días de su ignorancia y difundir el gozo entre to­dos los seres de la creación. De esta suerte podrá transmutar el instinto concupiscente en la facultad de transmitir el gozo, reconociendo que si en otro tiempo buscó el placer exclusivista, sólo es posible gozar en la coparti­cipación, pues nada es digno de posesión más que lo que por donarlo se posee. La dicha de dar es realmente el esencial sacri­ficio, la donación a todos los seres de lo que contrariamente no tendría valor alguno por quedar retenido en un yo separado. Examinemos otro caso susceptible también de alquimia espiritual: el amor egoísta. En este amor vemos algo de índole superior al instinto concu­piscente, pues la palabra amor entraña que algo se da a otro, pues de lo contrario no sería amor, aunque también puede ser un amor muy egoísta que siempre ansíe recibir en vez de dar y se preo­cupe mucho más de lo que puede obtener del ob­jeto de su amor, que de lo que le pueda dar, y por el deseo de recibir denote las nada amorosas cua­lidades de exclusivismo, celos y recelos, con el deseo de rechazar a los demás y retener para sí solo el objeto amado, como si quisiera monopoli­zar el sol en su propia morada, sin que nadie más pudiera aprovecharse de sus rayos. Pero ¿cómo transmutar el amor egoísta? No disminuyendo el amor, según hacen equivocadamente algunos, ni entibiándolo de modo que degenere en frialdad y aspereza, si en el amor cupieran estas condicio­nes, sino alentándolo con deliberado esfuerzo de eliminar los elementos que lo degradan y vigilando al yo inferior para que en cuanto levante una va­lla de exclusión derribarla desde luego; y si desea retener para sí lo que tan valioso y admirable le parece, procurar compartirlo con el prójimo; y si intenta retraer de los demás el objeto amado, oponerse a este exclusivismo entregándolo de modo que todos puedan participar de él. Debe comprender el Alma que cuanto hay de bello y gozoso ha de darse a todos para que participen de la dicha dimanante del objeto amado, con lo que los elementos groseros se irán poco a poco eliminando. Cuando surja el sentimiento egoísta hay que desecharlo deliberadamente, y si se ma­nifiesta el sentimiento de celos debe sofocarse al punto, de modo que en vez de exclamar: Go­cemos nosotros solos, exclamemos: Vamos a derramar sobre el mundo y a compartir con los demás nuestro gozo. Por virtud de esta espiritual alquimia el amor se transmutará en divina compasión derramada sobre el mundo de los hombres, y así quien se go­zaba en recibir del objeto amado, se deleitará en compartir su gozo con todos. Y el amor un tiempo egoísta, limitado en un principio al amor de un hombre y una mujer, se extenderá al círculo de la familia y sucesivamente al municipio, la nación y la humanidad entera, hasta dilatarse a todo cuan­to vive en el universo, donde nada hay sin vida. El amor no habrá sufrido menoscabo en su inten­sidad ni en su vehemencia ni en su viveza ni en su fervor, sino que se ha difundido por el universo entero en vez de recluirse en un solo corazón, se convertirá en el océano de compasión que incluye cuanto siente y vive. Tal sería respecto al amor la alquimia del Alma. El mismo procedimiento que señalado queda para transmutar las dos dichas cualidades de la naturaleza inferior, puede seguirse con todas las demás, y veréis entonces que esencialmente con­siste en desembarazarse de la separatividad anu­lándola con deliberado propósito por virtud del conocimiento y de la comprensión; y todo este proceso es gozoso para el verdadero hombre, aun­que en su ofuscación no lo comprenda el hombre inferior. Una vez comprendido, el dolor se invierte en gozo, y aun en las sensaciones que de otro modo hubieran sido penosas, prevalece el gozo y transmuta el sufrimiento, porque el Alma ya está convencida y la naturaleza inferior empieza a con­vencerse del objeto y finalidad de la tarea. Prosiguiendo en el estudio del asunto, notamos que esta transmutación puede también efectuarse de otro modo, o sea que según va penetrando en la naturaleza inferior el fuego de amor y sabi­duría, peculiar de la naturaleza superior, y con­sume las limitaciones de que antes hablé, trans­mutando lo inferior en superior, hay asimismo una efusión de fuerza y energía espiritual, pues el ego manifestado en el hombre inferior es capaz entonces de actualizar fuerzas y energías resul­tantes en cierto modo del descrito procedimiento de natural alquimia, por el cual cuando el Alma con su fuego de amor y sabiduría se manifiesta en el mundo de los hombres emite energía, y al abra­zar lo inferior, deja libres sutiles fuerzas de lo su­perior, con lo que el resultado de la destrucción es liberar la vida espiritual, poner en libertad lo que por estar ligado no podía manifestarse y una vez consumida su externa película queda libre para actuar en el mundo. Cuando el Alma se eleva a los planos superio­res y advierte su identidad y unidad con todos los seres, percibimos confusamente el bosquejo de una gran verdad cual es la de que su unidad con las demás capacita al Alma para ayudarlas de diversos modos y gozarse en compartir con ellas y aun entregarles todo cuanto hubiera podido reservar para sí, pero que ya identificada con todos los seres debe necesariamente darlo al mundo. Así lo que cupiera considerar como pre­mio de espirituales proezas, el reposo, la bienaven­turanza y la prosperidad espiritual, que bien po­día no compartir con nadie, lo entrega el Alma gozosa, porque esta entrega es una necesidad de su naturaleza anhelante de que todo cuanto posee pase a ser del dominio común y sirva de auxilio a la evolución de la humanidad. Así hay discípulos que renuncian al devachán y adeptos que renun­cian al nirvana, porque según nos cabe conjeturar se han identificado de tal suerte con sus hermanos, que no pueden por menos de compartir con ellos cuanto alcanzaron. Su verdadera recompensa no está en la felicidad del devachán ni en la inefable beatitud del nirvana, sino que el único gozo a que aspiran es aportar todo lo suyo, todo cuanto pu­dieran haber disfrutado, al acervo común para auxiliar así la evolución y ascenso de la humani­dad a que pertenecen. Después vislumbramos también la manera de prestar este auxilio, y vemos que cuando alguien está abrumado por el sufrimiento que él mismo se atrajo con su conducta pasada, y la irresistible acción de la ley le sujeta con su peso de dolor y angustia, es posible que quien haya transcendido la separación identificándose con el Alma dolorida en el plano de la realidad, se coloque a su lado para infundirle energía y darle fuerzas con que sobrellevar las consecuencias de sus pasadas ac­ciones. De este modo el auxiliador no echa sobre si la carga del auxiliado, quien por su propia mano ha de cosechar lo que sembró, aunque tiene a su lado quien le presta nuevas fuerzas, nueva vida y comprensión para llevar a cabo su tarea, cuya índole y condiciones siguen siendo las mis­mas, pues la influencia del auxilio se contrae a mudar la actitud del Alma respecto de su labor. No se altera el peso de la carga sino que aumen­tan las fuerzas del Alma para soportarla, y uno de los más puros goces y de las mayores recom­pensas del Alma evolucionante que nada pide para sí excepto la posibilidad de servir, consiste en que cuando ve una débil Alma agobiada por el peso de un sufrimiento, puede infundirle divinos alientos, consolarla e instruirla de suerte que co­bre esperanza y fuerzas para sobrellevar su infor­tunio. El auxiliador no libra al Alma hermana de la carga que ella misma se echó encima y por lo tanto ha de soportar en su propio beneficio; pero en cambio acrecienta sus fuerzas para soportarla, infundiéndole la fortaleza dimanante de la com­prensión de la naturaleza de las cosas, con lo que el dolor de la penalidad se transmuta en dulce re­signación para sufrirla porque sabe que la merece y le enseña una provechosa lección. El Alma así auxiliada está gozosa aún mientras sobrelleva el peso de su karma y el don que con el auxilio se le otorga acrecienta su fortaleza en el presente y para el porvenir, puesto que dicho don es un derrame de la Vida divina desde el plano donde todas las Almas son una. Este plano está siempre henchido de energía espiritual con la que au­xilian a la humanidad militante quienes mayor­mente se gozan en el auxilio sin apetecer más recompensa que la gradual ascensión de sus her­manos menores hacia la luz que ellos ya alcan­zaron. Pero si esto es así ¿en que consiste la dificultad tan familiar a todos y más todavía al aspirante que con ella tropieza al entrar en el sendero pro­batorio y que según le parece ha de persistir allende la puerta del Recinto Externo? ¿Por qué se le ha llamado Sendero de Aflicción si a cada paso es más radiante con el fulgor de su divino gozo? Fácil es la respuesta al considerar que sen­dero de aflicción debe parecerle a quien se esfuer­za en subir por el atajo y adelantándose a la ordinaria evolución humana llegar más pronto a la cumbre, pues el inevitable resultado de su esfuerzo ha de ser la concentración en pocas vidas de las responsabilidades que de otro modo se hu­bieran diluido en gran número de ellas, y por lo tanto se aglomera sobre el Alma todo el karma pretérito que ha de extinguir en breve tiempo con mayor intensidad y violencia. La pesadumbre de esta aglomeración kármica sobreviene con tan desconcertante y ofuscador ímpetu, que ocasiona inauditos sufrimientos, no precisamente a la mis­ma Alma, sino a la personalidad que, cegada to­davía por la ignorancia, se ve impelida por la individualidad a marchar hacia adelante. Aún en este momento de amarguísima prueba, cuando todo lo acumulado en pasadas vidas recae sobre el Alma que se atreve a desafiar al destino, está en paz y goza de realizar rápidamente una tarea que de otro modo hubiera requerido multitud de vidas, pues un vivísimo pero breve fuego consume las escorias del pasado hasta verse libre de ascen­der a la única vida para ella apetecible. He aquí por qué mirado desde el punto de vista mundano es de aflicción el sendero probatorio, pues quien en él entra ha de renunciar a los pla­ceres terrenos, los goces sensuales, todo cuanto a las gentes vulgares les parecen flores del camino de la vida. Pero el Alma resuelta a encaramarse a la cum­bre ya no apetece los placeres terrenos sino que disgustada de ellos anhela algo que no se marchi­te, goces que no se desvanezcan, y aunque desde fuera parezca de renunciación el sendero, es una renunciación que más allá promete acrecentado gozo, paz y felicidad, porque no es el cambio del placer por el dolor, sino el menosprecio de la di­cha transitoria por la esperanza de la beatitud perdurable, el desprendimiento de lo que pueden arrebatar las externas circunstancias a cambio de los internos tesoros del Alma que los ladrones no pueden hurtar, de goces que ninguna contingencia terrena es poderosa a disminuir, entenebrecer o marchitar. Según avanza el Alma por el Sendero es más intenso su gozo, pues ya hemos visto que la tristeza radica en la ignorancia, y así suele experimentar el Alma más amargos dolores antes de que el conocimiento le abra los ojos y disipe su ignorancia. Contristados están quienes a causa tal vez de su misma tristeza se dirigen hacia el Sendero de renunciación, al ver que siglo tras siglo y milenio tras milenio está el mundo rodeado de infortunio y desdicha, que la miseria y el sufrimiento se ceban en hombres, mujeres y niños que sufren sin saber por qué sufren, aguijoneados por la ig­norancia que es realmente la esencia del dolor. Al ver el mundo sumido en la ignorancia y a la humanidad debatiéndose contra sus redes, el cora­zón de quienes han de ser salvadores del género humano siente la miseria del mundo y se resuel­ven a buscar el Sendero de Liberación en benefi­cio del mundo. Si examinamos la biografía de estos grandes Seres según la historia o la tradición profana nos la transmitieron, advertiremos que a todos ellos les sobrevino la aflicción antes de que vieran la luz. Era la aflicción por su impotencia, el reflejo de las tristezas que les rodeaban y sentían sin co­nocer la causa ni cómo extinguirlas. El hombre divino a quien tantos millones de gentes de nuestra raza diputan hoy por mayor en­tre los grandes y exquisita flor de la humanidad, el Buddha a quien hoy adoran la tercera parte del gé­nero humano, se lamentaba de la miseria e igno­rancia del mundo e inquiría la causa del dolor sin acertar a comprender (aunque esto tal vez fuera dicho en parábola), como remediarlo. Pasó el Bud­dha por el sufrimiento y el dolor, y abnegadamente renunció esposa, hijo, palacio y reino para sin otra compañía que la escudilla del mendigo retirarse al yermo lejos del bullicio mundano. Apesadum­brado su corazón y ofuscada su vista no sabia cómo salvar al mundo, sin que le fuera posible tener paz mientras sufriese el mundo. Arrostró muchos peligros, sobrellevó muchos dolores, mor­tificó su cuerpo, y envuelta su mente en tinieblas no podía ver lo que anhelaba hasta que por fin recibió cabe el árbol la iluminación. Al ver en­tonces la causa de la tristeza, transmutó en gozo la que sentía y de sus labios brotaron aquellas palabras repetidas por el eco de los siglos, que entrañaban un grito de triunfo, de gozo y de in­mutable felicidad.

 

“Yo el Buddha, que lloré con mis hermanos y sufrí en mi cora­zón por las angustias del mundo, ya río y estoy alegre porque sé que hay liberación.”

 

 Así parafrasea un poeta inglés la exclamación del Buddha al conocer que el dolor provenía de la ignorancia y que el conocimiento engendraba el gozo. La liberación es dicha. La ignorancia y la ceguedad son manantiales de lágrimas. La aflicción del mundo laceraba el corazón del Buddha, como lacera hoy el de los hombres todavía igno­rantes de su causa. Pero hay liberación. Y el men­saje de liberación nos dice que la causa del dolor está en nosotros mismos y no en el universo, en nuestra ignorancia y no en la naturaleza de las cosas, en nuestra obcecación y no en las con­diciones de la vida. Así es que a la luz acompaña la liberación y ríe, se alegra y goza el ya hombre divino. La divina luz inunda su alma. Es el ilumi­nado, el sabio. Y el sabio no tiene dolor ni angus­tia ni pena porque del Alma divinamente iluminada desapareció la aflicción para siempre.

 

 

Del Libro:

Hacia el Templo

Annie Besant

 



[1] Bhagavad Gita, Estancia tercera, 9

[2] Bhagavad Gita, Estancia tercera, 10-16

 

 

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