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_Gant 391_Principios Alquímicos    

 

Más Alquimia para todos los Hermanos del Tercer Grado

              Shakes

 

 

 

PRINCIPIOS DE FILALETEO

Para dirigir las operaciones en la Obra Hermética

Por Ireneo Filaleteo, inglés de nacimiento

y habitante del universo

Texto extraído de:

Guillaume Salmon.

"Biblothèque des Philosophes Chimiques".

Paris. 1740

 

 

 

 

 No  emprendáis  jamás  la  Gran  Obra  siguiendo  las  reglas  que  puedan  sugeriros  los  ignorantes  o  los libros de los sofistas, y no os apartéis lo más mínimo de este principio: el objeto de vuestras aspiraciones es  el  Oro  o  la  Plata;  el  Oro  y  la  Plata  deben  ser  los  únicos  objetivos  que  necesitáis  perseguir  por mediación de nuestra fuente mercurial preparada para bañarlos, lo cual requiere toda vuestra laboriosidad.

 

No os hagáis eco de quienes arguyen que nuestro Oro no es el Oro ordinario, sino el Oro físico: el Oro ordinario ha muerto, eso es cierto; pero tal como lo preparamos nosotros, revive como un grano de trigo muerto que renace en la tierra. Al cabo de seis semanas, el Oro ya muerto recobra la vida en nuestra Obra, se hace vivífico y espermático, porque se lo ha cultivado en la tierra apropiada; quiero decir, en nuestro compuesto. Así pues, podemos llamarlo, con razón, nuestro Oro, pues nosotros lo asociamos a un agente que, sin duda, le devuelve la vida; asimismo, empleando una denominación contraria, solemos denominar hombre muerto al reo de muerte, porque el sujeto morirá pronto, aun cuando esvivo todavía.

 

Aparte el Oro, que es el cuerpo y representa el papel de macho en nuestra Obra, necesitaréis todavía otra esperma, que es el espíritu, el alma o la hembra; esta esperma es el mercurio fluido, semejante por su forma  al  azogue  común,  aunque  más  limpio  y  puro.  Muchos  emplean  en  lugar  del  mercurio  diversos licores y aguas, que denominan Mercurio Filosófico. No os dejéis seducir por sus hermosos discursos, no emprendáis tales trabajos, porque todo será inútil; es imposible cosechar lo que no se ha sembrado; sólo se recoge fruto cuando se esparce la simiente; por tanto, si sembráis vuestro cuerpo, que es el Oro, en una tierra donde haya un mercurio no melico ni parigual a los metales en lugar de un elixir metálico, sólo obtendréis de vuestra operación una cal árida, sin virtud alguna.

 

 Nuestro  mercurio  parece  ser  una  sustancia  similar al  azogue  ordinario; pero  difiere  por  su  hechura, pues  posee  una  forma  celeste  e  ígnea  y  una  virtud  excelsa,  cualidades  que  recibe  de  nuestro  Arte, dedicado a su preparación.

 

El secreto de esta preparación consiste en escoger un mineral que tenga cierta semejanza con el Oro y el Mercurio. Es preciso impregnarlo con el Oro volátil que se encuentra sobre la región lumbar de Marte;  se debe purificar el Mercurio con este elemento siete veces por lo menos. Una vez hecho esto se prepara el Mercurio para el baño del rey, es decir, del Oro.

 

Con los repetidos tratamientos - entre siete y diez -, el Mercurio se purifica de forma creciente y se hace  cada  vez  más  activo,  porque  nuestro  azufre  auntico  lo  licúa  con  cada  preparación;  pero  si  lo sometiéramos a un mero excesivo de preparaciones o sublimaciones, se haría demasiado ígneo, y en vez  de  disolver  el  cuerpo,  se  coagularía  él  mismo,  se  coagularía  él  mismo,  con  lo  cual  el  Oro  no  se fundiría ni se disolvería.

 

Tras la licuefacción o vitalización de ese Mercurio, hay que destilarlo dos o tres veces en una retorta de vidrio, porque posiblemente queden todavía algunos átomos del cuerpo en el momento de su preparacn; acto seguido se debe lavar con vinagre y sal amoniacal; entonces se cuando es dispuesto para nuestra Obra, lo cual debe entender aquí de una forma metafórica.

 

Elegid siempre para esta obra un Oro puro y sin mezcla: si no es a cuando lo compréis, purificadlo vosotros  mismos  por  los  métodos  ordinarios.  Una  vez  concluida  esta  operación  reducidlo  a  polvo mediante la lima u otra herramienta, o bien convertidlo en minas sutiles; si lo preferís pois calcinarlo con corrosivos: el procedimiento es lo de menos; sólo importa que la pulverización sea muy sutil.

 

Veamos ahora la mezcla: tomad una onza o dos de ese cuerpo ya preparado, y dos o tres onzas, a lo sumo, de Mercurio vitalizado, que se obtiene como ya os he indicado; mezclad ambos ingredientes en un mortero de mármol. Previamente caldeado con agua hirviendo o algo similar; machacadlos y trituradlos hasta que formen un conjunto homogéneo: añadid seguidamente vinagre y sal para conseguir la pureza perfecta; luego lo templaréis con agua caliente y lo secais muy bien.

 

10º Aun cuando este procedimiento os parezca enigmático, puedo aseguraros que os estoy hablando con absoluta sinceridad; todos nosotros nos servimos del camino que os muestro aquí, y todos los filósofos antiguos  se  han  servido  de  este  medio,  que  es  el  único.  Nuestro  sofisma  estriba  solamente  en  las  dos clases de fuego empleado en nuestra Obra.

El fuego secreto interno es un instrumento de Dios, y sus cualidades son imperceptibles para los hombres. Aquí hablamos frecuentemente de este fuego, aunque parezca que nos estamos refiriendo al calor externo, este es el origen de los frecuentes errores en que tropiezan los falsos fisofos y los imprudentes. Dicho fuego es nuestro fuego graduado, ya que el calor externo es casi lineal, o sea uniforme e igual en todo el proceso; este no sufre ninguna alteración durante la Obra al rojo blanco (sic), si se exceptúan los siete primeros días en que lo rebajamos para conservar la pureza de la Obra; pero el filósofo experimentado no necesita de tales advertencias.

Respecto al  fuego externo,  se  gradúa insensiblemente de  hora  en  hora,  y al reanimarse  cada  día como resultado de la cocción, los colores se alteran y madura el compuesto. Acabo de hacer un nudo muy difícil e intrincado; procurad conservar esta solución en la memoria para no dejaros engañar en lo sucesivo.

 

11º Necesitáis proveeros de un recipiente o matraz de vidrio, sin el cual no podréis rematar vuestra tarea:  debe tener forme ovalada o esférica y capacidad suficiente para vuestro compuesto, es decir, su capacidad debe  ser  dos  veces  superior  a  la  materia  que  os  propongáis  meter  en  él;  nosotros  lo  llamamos  huevo filosófico; el vidrio debe tener espesor, mucha transparencia y limpieza.; el cuello del matraz debe medir, a lo sumo, medio pie de longitud. Cuando metáis al vuestra materia, cerrad el cuello herméticamente; no debe tener ninguna abertura, pues de lo contrario, aunque fuera ínfima, se evaporaría el espíritu más sutil y se frustraría la Obra.

Para comprobar si vuestro recipiente está cerrado de un forma hermética, haced el siguiente experimento, cuya  infalibilidad  es  indiscutible:  cuando  se  haya  enfriado  el  recipiente,  aplicad  los  labios  en  el  lugar donde hayáis sellado el cuello y aspirad con fuerza: si hay alguna abertura, absorberéis el aire almacenado dentro del matraz, cuando retiréis la boca del cuello de la vasija, el aire penetrará otra vez por ese orificio, de  tal  forma  que  vuestro  oído  percibirá  claramente  un  silbido;  esta  prueba  experimental  no  ha  fallado nunca.

 

12º También necesitaréis un horno -el que los sabios denominan atanor-, con el cual podréis realizar toda vuestra tarea. El que precisaréis en los primeros trabajos deberá estar dispuesto de tal forma que provea un calor rojo oscuro -o algo menor, a vuestra voluntad- y se mantenga por lo menos durante doce horas con  absoluta  uniformidad  en  su  más  alto  grado  calorífico.  Si  poseéis  un  horno  semejante,  procurad ateneros a estas cinco condiciones:

 

La primera que la capacidad de vuestro hogar no debe ser superior a la necesaria para contener vuestro barreño, y con un espacio vacío circular de una pulgada más o menos, para que el fuego procedente del ventilador de la chimenea pueda circular alrededor del recipiente.

 

La  segunda,  que  vuestro  barreño  debe  contener  sólo  un  recipiente,  matraz  o  huevo;  el  espesor  de  las brasas,  entre  el  barreño  por  un  lado,  y  el  fondo  y  los  costados  del  matraz  por  otro  debe  ser, aproximadamente, de una pulgada. Y recordad siempre las palabras del filósofo: un solo recipiente, una sola materia, un solo horno.

Este  barreño  debe  estar  colocado  de  tal  forma  que  se  encuentre  exactamente  sobre  la  abertura  del ventilador por donde llega el fuego; aquí lo puede haber una abertura con un diámetro de dos pulgadas aproximadamente, por cuyo conducto se encauzará una lengua de fuego ascendente y sesgada, que tocará la parte alta del recipiente, rodeará su fondo y lo mantendrá continuamente como es debido.

 

La  tercera,  que  si  vuestro  barreño  fuese  demasiado  grande,  no  podríais  caldear  el  recipiente  con  la exactitud y continuidad requeridas, ya que vuestro horno debe tener una capacidad tres o  cuatro  veces superior a su diámetro.

 

La cuarta, que si vuestra chimenea no es de seis pulgadas aproximadamente en el segmento de fuego, jamás  obtendréis  la  proporción  necesaria  ni  el  punto  justo  de  calor;  si  rebais  esa  medida  y  hacéis flamear demasiado vuestro fuego, éste se excesivamente bil.

 

La  quinta,  que  la  parte  delantera  de  vuestro  horno  debe tener  exactamente  un  solo  orificio,  de  la amplitud  necesaria  para  introducir  el  carbón  filofico  -es  decir,  una  pulgada  más  o  menos-,  de  tal manera que se proyecte el calor desde abajo con mayor fuerza.

 

13º Así dispuestas las cosas, colocad en ese horno el huevo donde se alberga vuestra materia, dadle el calor que exige la Naturaleza, es decir, suave, no demasiado violento, y elevadlo al donde la Naturaleza cese de actuar.

No  ignoráis  que  la  Naturaleza  ha  dejado  vuestra  materia  en  el  reino  mineral,  y  aunque  hayamos establecido ya comparaciones entre vegetales y animales, es preciso que conciis una relación pertinente en el reino donde está situada la materia que queréis trabajar; por ejemplo, si comparo la procreación de

un  hombre  con  la  germinación  de  una  planta,  no  creáis  que,  a  mi  juicio,  el  calor  propio  de  uno  sea también  adecuado  para  el  otro,  pues  nosotros  estamos  seguros  de  que  en  la  tierra,  donde  crecen  los vegetales,  hay  un  calor  que  perciben  las  plantas,  incluso  desde  los  comienzos  de  la  primavera;  sin embargo, un huevo no podría abrirse con ese calor, y un hombre, lejos de percibirlo, se vería sobrecogido por un gran atrevimiento. Como nuestra tarea se desarrolla, a todas luces, en el reino mineral, vosotros debéis conocer el calor que necesita y distinguir con precisión el bil del violento.

Ahora no lo os conviene recordar que la Naturaleza os ha dejado en el reino mineral, sino que necesiis trabajar también el Oro y el Mercurio, los cuales son incombustibles; que el Mercurio es flexuoso y puede romper los recipientes que lo contengan si el fuego es demasiado violento. Que es incombustible y, por tanto, el fuego no puede alterarlo; no obstante, hace falta retenerlo con la esperma masculina en un mismo recipiente de vidrio, lo cual sería imposible si el fuego fuese demasiado vivo, y entonces os veríais ante la imposibilidad de ejecutar vuestra obra.

Así pues, el grado de calor requerido es el necesario para fundir el plomo y el estaño, e incluso algo más fuerte,  pero  no  más  del  que  puedan  resistir  los  recipientes  sin  romperse;  en  otras  palabras,  el  calor temperado. Como veis, aquí se demuestra que se ha de iniciar el grado de calor con aquel que es propio del reino donde la Naturaleza os ha dejado.

 

14º Todo el  desarrollo de esta obra, que implica una  cohobación  de la  Luna  sobre el suelo,  estriba  en ascender  como  nubes  y  caer  en  forma  de  lluvia;  por  ello  os  aconsejo  que  lo  subliméis  en  vapores continuos, para que la piedra tome aire y pueda vivir.

 

15º Pero eso no basta si queremos obtener la tintura permanente; es preciso que el agua de nuestro lago hierva con las brasas del árbol de Hermes. Yo os aconsejo que la hagáis hervir de día y de noche, sin cesar,  para  que  la  naturaleza  celeste  pueda  ascender  y  la  naturaleza  terrestre  pueda  descender  en  los trabajos de nuestra mar tempestuosa. Si esta operación del hervor no se desarrolla con exactitud, jamás podremos  denominar  cochura  a  nuestra  obra,  sino  más  bien  digestión;  porque  cuando  los  espíritus circulan sólo en silencio y el compuesto que se encuentra abajo no se mueve lo más mínimo por efecto de la ebullición, entonces la denominación apropiada es digestión.

 

16º No precipitar nada en la esperanza de recoger la cosecha -quiero decir la Obra- antes de su madurez;  por  el  contrario,  debéis  trabajar  con  absoluta  confianza  durante  un  periodo  de  cincuenta  días  como máximo, y entonces veréis el pico de cuervo como un buen augurio.

Según afirma el filósofo, muchos imaginan que nuestra solución es sumamente sencilla, pero quienes la han ensayado o experimentado saben bien cuantas dificultades entraña. Por ejemplo, si sembráis un grano de trigo, lo encontraréis hinchado tres días después; pero si lo arrancáis de la tierra, se seca y retomará

su  estado  inicial,  aunque  haya  sido  acomodado  en  una  matriz  conveniente  y  la  tierra  sea  su  propio elemento;  sin  embargo,  le  habrá  faltado  el  tiempo  necesario  para  la  vegetación.  Las  semillas  duras necesitan una estancia más larga en la tierra para germinar; tales son las nueces y los huesos de ciruelas y otras  frutas;  cada  especie  tiene  su  temporada  propia,  y  cuando  se  espere  el  tiempo  prescrito  para  su acción, sin aceleraciones prematuras, se tend la pruebe incontestable de que la operación será natural y fructuosa.

¿Acaso creéis que el Oro, el cuerpo más sólido del mundo, puede cambiar de forma en tan poco tiempo?

Es preciso mantenerse a la expectativa hasta el cuadragésimo día, cuando se deje ver ya la iniciación del ennegrecimiento. Tan pronto como lo observéis, considerad que vuestro cuerpo se desmorona, es decir, queda  reducido  a  un  alma  viviente,  y  vuestro  espíritu  muere,  o  sea,  se  coagula  con  el  cuerpo;  pero mientras no se llegue a ese ennegrecimiento, el Oro y el Mercurio conservarán su forma y su naturaleza.

 

17º Cuidad de que no se apague vuestro fuego ni un solo instante; porque una vez se enfríe la materia, se perderá sin remisión la Obra.

Todo cuanto acabamos de decir significa que nuestra Obra se reduce a hacer hervir nuestro compuesto en el  primer  grado  de  un  licuefaciente  calorífico,  que  se  encuentra  en  el  reino  metálico  donde  el  vapor interno circula alrededor de la materia; en esa humareda morirán y resucitarán el uno y el otro.

 

18º Alimentad, pues, vuestro fuego hasta la aparición de los colores y entonces veréis, al fin, el blancor. Cuando éste se haga visible -lo cual ocurri hacia finales del quinto mes-, estará ya cercana la formación

de  la  piedra  blanca,  entonces  podréis  celebrarlo,  porque  el  Rey,  vencedor  de  la  muerte,  aparece por oriente envuelto en gloria, y su heraldo o embajador será un círculo cetrino.

 

19º Atizad con ánimo el fuego hasta que los colores reaparezcan, y entonces contemplaréis el hermoso bermellón y la adormidera silvestre. Glorificad a Dios y mostraros agradecidos.

 

20º Por último, aunque vuestra piedra sea perfecta, hacedla hervir o, mejor dicho, cocer una vez más en la misma agua, con la misma proporción y el mismo gimen; solamente procurad que vuestro fuego sea algo más débil; por este medio acrecentaréis su cantidad y sus virtudes tanto como lo deseéis, y podréis reiterar una vez y otra esa operación si lo consideráis necesario.

Que Dios, Padre de las luces, Señor Soberano, Autor de toda vida y de todo bien, os conceda la gracia de mostrar esa regeneración de la luz para entrar en la tierra vital, la tierra prometida a sus fieles, y participar un día de la vida eterna.

 

                             A sea

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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